Category: Prosa


Bus thoughts

El viento no sopla, las farolas brillan tenues y el cielo luce un tenue azul contaminado por los problemas que Madrid no ha podido resolver.

Hoy la puesta de sol se ha escondido tras las turbias y oscuras nubes que exaltan todo el panorama. Entonces me encojo; disminuyo porque yo también he contribuido al aire pesado que soy incapaz de respirar, al barro que me cubre hasta las rodillas y me impide huir de esta realidad.

J. G. Manzano

Tedio

¿Cuántas veces no hemos sentido una congoja en el corazón que nos inmoviliza  la mente e impide pensar en nada más? ¿Cuántas veces no hemos querido tirarnos a un enorme vació abierto donde corra un fortísimo aire y la caída sea estrepitosamente infinita?

Yo hay días en que querría huir a muy muy lejano. Esos días en que la presión del estudio escinde en el tuétano de tus huesos y la realidad te quiebra por completo dejándote indefenso, sobre tus rodillas, a merced de lo que pueda suceder. Días en que tu cuerpo parece que se astilla y tu corazón no quiere bombear más sangre.

Así, ante la pesadez de un caluroso día de primavera que agota por completa las nimias fuerzas del cuerpo…

Sucumbes…

Y lloras.

 

J. G. Manzano

Hoy me duele todo el cuerpo, me encuentro mal en todos los posibles aspectos, tanto que tengo ganas de vomitar. Esa sensación de descomposición que comienza en el estómago y acaba tomando posesión de todo el cuerpo, dejándolo en un inerte estado de animo que no es sino un rito de muerte.

Hace tres años cometí un error que llevé a la espalda durante tanto tiempo que poco le faltaba para ser tumor. Hace una semana volví a cometer el mismo…

Estoy profundamente enamorado de una chica. No es muy alta, tampoco muy baja. Estudia idiomas y tiene una mente sin igual. La conocí hace ya dos años en el metro. Ya he contado historias acerca de como la conocí, aunque nunca ha dejado de ser una historia afable de escuchar. Pero hoy no me preocupa eso. Durante dos años nunca pude acercarme a ella por que tenía miedo, ella. No quería enamorarse de mi, pero al final estas navidades me dejó atravesar los portones que la encerraban en la torre.

Y diréis, “Oh Dios mio, una preciosa historia de amor para acabar con el día de San Valentín!”. No amigos, es la historia de cómo rechacé aquello que más adoraba por inconsistencia personal. Es la historia mi reconocimiento humano a través de la caída en un gran y profundo pozo negro y húmedo.

En navidades Ella vino a Madrid, ya que en esos momentos estudiaba en la Sorbona de París. A la semana y media de que llegase la llevé a un pequeño local de Madrid en la calle Barcelona, “La Descubierta”, para tomar una cerveza juntos y lo que acabó también con unas bravas. Estaba guapísima. Aun recuerdo que llevaba una blusa verde y un colgante a juego y una diadema que la favorecia la sonrisa. Dimos un pequeño paseo hasta plaza Elíptica y volvimos a casa. Fue nuestra primera toma de contacto en dos años desde que la conocí. Habíamos hablado por teléfono múltiples ocasiones, pero nunca nos veíamos. Las consiguientes semanas quedamos a patinar, pasear, ver la equivocada película de Harry Potter en casa y en muchas ocasiones comer bravas, o al menos así acabábamos. No pude sino confirmar que estaba enamorado de esa muchacha, de esa mujer. La miraba a los ojos y me inundaba, sentía las yemas de sus dedos en torno a mi mano y se me erizaba cada pelo de la cabeza. Era única.

Al llegar mitad de enero tuvo que regresar a Paris; volvía hasta mayo. Yo, tras haberla tenido tan cerca no concebía que se fuera de nuevo, no volver a verla durante cinco meses. No sabia que hacer. Quería que fuese mi chica, mía, pero ella dijo que no, al menos hasta que no regresase. Eso me descolocaba aun más,  pero no es una decisión de uno, así que tuve que resignarme y despedirme de ella.

A pesar de que se hubiera ido, seguimos manteniendo la relación por escrito. Estuvimos escribiendonos durante aproximadamente un mes, pero yo no lo sabía llevar bien: cosas como que a veces tardase horas en contestarme, o se negase a contarme ciertas historias me volvían loco. Teníamos discusiones cada dos o tres días por circunstancias similares. Yo quería que ello fuese como tenía en mente, de caso contrario me despertaba inquietud, me sobrecogía, reaccionaba de modo escéptico, celoso o exigente.

Había llegado un punto en la relación, posiblemente potenciado por la epistolaridad, en que había una unilateralidad y apenas veía cosas positivas. Gran parte de los días ya iba descompuesto a la universidad por que la relación no era como debería, e incluso potencialmente afectaba a mis relaciones con amigos o familia. Yo no me encontraba bien, me dolía. Así, tomé la decisión de decírselo y separarnos. No veía futuro a esa relación. La quería, pero las circunstancias podían conmigo. No sabia que hacer, y la dije que separáramos nuestros caminos. Así lo hicimos.

Una semana después me veo sentado en el metro, donde la encontré, acordándome de ella con cada cosa que hago, comiendo bravas, sacando las llaves para entrar en casa o metiéndome en twitter. Y me doy cuenta. Había cometido un error. No por que la hubiera echado de mi vida, que también, sino por que la había echado la culpa de tantísimas cosas que en verdad eran el reflejo de mi incapacidad. Yo no era capaz de sorportar que no me contestase al segundo. No aguantaba que tuviese que  confiar más en mi para contarme sus demonios o que actuase de un modo distinto al que a mi me gustaría. Era pura inconsistencia personal por mi parte. Pero había tenido que destriparme a mi mismo para darme cuenta de que el problema lo tenia yo y no ella. Un problema heredado tres años atrás.

Ahora, me encuentro sentado en un un autobús de vuelta a casa, en el día de San Valentin por que he ido a jugar a juegos de mesa con unos amigos a un local de tribunal que Ella me enseñó, escribiendo una historia de drama, sufrida, pero que aun alberga esperanzas de encontrar un nuevo sol. Mi historia.

Con afecto,
Javier

*Si ha leído el contrato y decide aceptar los términos y condiciones de nuevo uso pongase en contacto con del arrendatario antes de que el arrepentimiento y la pena lo consuman.