Hay muchas noches que me encuentro sentado en mi escrito escuchando música en un tono medio-bajo, iluminado por la tenue luz de mi lamparilla de mesa. La mayoría de las veces abro las cortinas y miro al cielo. Me gusta sumergirme en el mar de estrellas que puedo ver desde mi cuarto. No es sino un portal al más allá. Un allá que alberga nuestro miedos, demonios y esperanzas y nos permite mirarlas con sosiego, sin que nos sobrecojamos ni nos sintamos chiquititos.

Yo, hoy, colecciono estrellas. Cada una de ellas es un trozo de mi, un secreto, una circunstancia e incluso una persona. Son pequeños fragmentos estelares de mi vida, y cuando miro por la ventana forman lentamente el puzzle que en cualquier otro sitio no habría podido montar.

Anuncios