Me gusta salir tarde de la universidad, pasar por el campus y ver como caen las hojas de los árboles bajo la tenue luz de las farolas que se apagarán pasada media noche. Un escalofrío recorre mi espalda, recordándome la humanidad que he perdido a lo largo del día al alienarme, sumergido en una urbe que insonoriza nuestras cabezas, privándonos del alegado “pensar”.

El parque no es sino un pequeño santuario al que acechan todos esos tormentosos ruidos, ladrones de pensamientos. Sonidos que disparan nuestra cabeza a banales tópicos sobre los que divagar y hurtan tiempo al día que no podremos recuperar.

Así, ante el frío de la noche, suspiro clandestinamente al tomar conciencia del misterio que alberga todo, un misterio oculto tras pretendidas tareas y un reloj de arena que parece terminar, y mi corazón se sobresalta: Le he prestado un ápice de atención… Bajo la tenue luz de las farolas que se apagarán pasada medianoche.

J. G. Manzano
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