Ayer vi una película: “El diablo viste de Prada”. La gran mayoría de la gente que ha visto esa película habla del papelazo que desempeña Meryl Steep, pero a mi sin duda lo que me acojonó fue el desenlace que envolvió a Anne Hathaway, la dúctil Andy.

Me resulta familiar como la joven Andy es seducida, poco a poco, por ese sobrecogedor mundo que es la moda. Y no es que me resulte familiar por la moda en sí, ya que esta me queda lejana, sino por el hecho de ser atraída y, lentamente, atrapada en algo que la aliena completamente, que la roba toda su humanidad, su persona. Deja de ser Andy Sachs para ser una chica más en la larga lista de chicas que sucumbieron al atractivo de algo ajeno a ellas.

Sin embargo, como decía al principio, lo que me sobresaltó de la película fue el hecho de que la joven Andy, completamente sumergida en un mundo que la había atado con cadenas, llegó un punto en el cuál tomó la decisión de desligarse de este, la decisión de romper con aquello que no la hacía feliz. Para mi es especialmente sugestivo este punto que plantea la película: siempre existe la posibilidad de elegir ser felices, pero la pregunta es, ¿Queremos? y ¿Somos capaces?

En la película se ven dos personajes distintos. Por una parte está Andrea, que se sumerge en el mundo de la moda, en la revista Runaway,  con el fin de poder usar ese trabajo como trampolín hacia un buen puesto de periodista, y por otra está Miranda, una mujer sumida completamente en esa cuarta dimensión que suponían las altas esferas de las empresas de moda. Así, ya cerca del desenlace de la película, en París, si comparamos a Andrea y a Miranda, vemos a dos personas similares en tanto en cuanto viven la misma realidad: una realidad plenamente laboral que ha destrozado completamente cualquier otro plano de su vida. En el caso de Miranda, sufría algo así como su 6º divorcio. Sin embargo, también podemos contemplar a dos personas radicalmente distintas en el sentido de que la segunda, Miranda, aun a pesar de su profunda infelicidad dentro de su gran pompa modista, no es capaz de enfrentarse a ello… y permanece allí, en su dolor. Ese mundo la ha embelesado demasiado con sus falsas promesas. Andy, sin embargo, es capaz de romper con todo y bajarse del tren.

Así, como conclusión planteo lo siguiente: ¿Cuántas veces nos traicionamos a nosotros mismos en las decisiones que tomamos, influidos por tantas cosas que nos atan y tan poco nos ayudan a alcanzar ello que más anhela nuestro corazón? ¿Cuántas cosas hacemos, aun ya teniendo experiencia de ellas, que tan poco nos acercan a a ideal que perseguimos? Yo, entonces, pienso en aquella cita: “Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente.” Lucas 22:62

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