De vez en cuando todos tenemos pensamientos más o menos tristes. De vez en cuando todos nos dejamos llevar por una profunda melancolía que no puede sino mínimamente inundar nuestra mente de todas aquellas cosas que últimamente nos preocupaban pero que no hemos tomado en consideración por que no teníamos tiempo, por que había cosas mas importantes de por medio, al menos al inmediato juicio del subconsciente.

Yo llevo un tiempo gestando una pregunta fundamental… ¿A dónde pertenezco? ¿De quien soy?

Tan sólo unas semanas atrás se enfrió con uno de mis mejores amigos la relación hasta el punto de que hoy apenas nos damos los buenos días. No por que halla rencor tras un enfado sino sencillamente por que la relación se ha enfriado hasta tal punto que “no hay”. Ahora bien, no es que este hecho me haya paralizado, sino al contrario, me ha suscitado las primeras preguntas y me ha puesto la sensibilidad más a flor de piel de lo que la suelo tener.

No puedo evitar sentir con verdadero afecto la preguntas preguntas: ¿De quíen soy? ¿De dónde vengo y a dónde voy? ¿Dónde esta mi casa? Pero ante todo… De quién soy… Una pregunta tan aparente absurda, al menos con los contemporáneos ideales, pero tan jodidamente difícil de contestar.

Frente a tal cuestión no puedo evitar encender mi iPod y dejar que fluyan las suaves corrientes de la música, tensando la realidad y enfrentadome a la cruda realidad. Cruda por que es inevitable y directa, inexorable. Y, sin embargo, alberga un punto de ternura alcanzable por la emoción y la sensibilidad humana, una ternura que nos roza cuando logramos encontrar el hilo dorado, conductor, de entre los cables restantes.

Y es ante la impotencia que despierta una pregunta de tal envergadura donde la actitud del niño que llora por el tortazo de su madre sale a flote. Yo no puedo sino sentir la nada de mi ser, la incapacidad de contestarme, de autocontestarme, la inminente dependencia de otro. ¿Señor, soy tuyo? Si es así, dame paciencia, entendimiento y fe. Me siento tan desprotegido, tan pequeño, y tan sólo. Sin rumbo ni destino. Se luz en mi camino, fuego, luz que ilumine y caliente… Se luz, y dame compañía en el arduo camino de la vida y la fe.

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