Con cada día que pasa, cada vez que monto en tren, en la línea que parte de Parla hasta Alcobendas o Colmenar Viejo, me doy más cuenta de lo demacrado que está el mundo, de lo desgastada que está la sociedad.

A priori, podemos pensar que la crisis que actualmente vive España afecta de manera directa a la capacidad adquisitiva de su población, y es cierto, no existe un ápice de error en dicha afirmación, pero nos saltamos la parte más importante. El efecto que una crisis tiene sobre la población va mucho más allá de la mera capacidad adquisitiva: esta crisis ha derrumbado la moral y la esperanza de millones de personas.

“Madrid es una ciudad de más de un millón de muertos”, comenzaba diciendo Dámaso Alonso en Insomnio. Ahora mismo podríamos escribir un poema que empezase de la misma manera y no estaría muy alejado de la realidad. En otros sitios no lo sé, pero en Madrid se respira un terrible ambiente a esperanza muerta que pocos bálsamos pudieran remediar.

Y la pregunta que nace ante una situación así es: ¿Existe verdaderamente algo en la vida que le pueda devolver la esperanza al hombre? ¿Depende la esperanza en la vida de circunstancias tan fortuitas como puede ser la entrada en una crisis? A mi estas preguntas me salen a flor de piel cada día que monto en tren, en la línea que parte de Parla hasta Alcobendas o Colmenar Viejo. Y, antes de montar en el de Alcalá de Henares, disparo otra más: ¿es justo buscar su respuesta?

Os invito a ello, a despertaros por la mañana con el deseo abierto de sorprenderos durante el día e intentar contestar a estas preguntas, cada mañana. A estar agradecidos por estar, aquí, ahora, pudiendo leer, por sencillamente estar.

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