Desde que he entrado en la universidad he conocido mucha gente, mucha simpática, y muchos cretinos, aunque, vaya, como en todas partes. El caso es que hace relativamente poco conocí una chica. No era una chica más o menos impresionante que el resto, era una más. El caso es que nos dimos los números, tras habernos conocido en el metro, y comenzamos a hablar por el famosísimo Whatsapp. Nos tiramos hablando mucho tiempo. Quedábamos, un día sí, otro no, pero la gran mayoría del tiempo hablábamos por móvil, vía texto.

Sin embargo, el otro día, en una de mis crisis de saturación circunstancial pensé que no quería hablar más con ella, al menos por el móvil. Ella me gustaba mucho, llevaba quedando con ella ya algo así como casi un mes, pero no gustaba “mensajearla” porque no estaba sino creando una ilusión de cómo era ella. No con ello estoy criticando la mensajería instantánea, de hecho yo la uso mucho, pero en este caso tuve una necesidad imperante de verla, de tocarla las manos, de palpar su presencia. Estaba cansado de leer lo que una máquina me decía que ella quería decirme. Necesitaba algo más real, algo que cumpliese. Explico esto último. El hecho de que nos mandáramos mensajes a lo largo de todo el día, a todas horas, incluso a altas horas de la noche, no cumplía por que en el fondo mi deseo de estar con ella, de dedicarla mi tiempo, no se veía saciado. Era una promesa vacía.

De la misma manera, con cada día, me doy cuenta de que esto se puede aplicar a cada circunstancia de la vida, a cada filosofía o a cada momento, con más o menos precisión. En una ocasión una amiga mía me dijo que seríamos verdaderamente felices cuando el objeto de deseo y a realidad se encontrasen en el mismo camino, cuando fueran de la mano. Con cada día que pasa no puedo sino verificar este hecho. Al menos yo, tiendo a imaginarme lo que deseo, a proyectar mis anhelos, descartando totalmente la realidad que me rodea y envolviéndome en mis propios proyectos, irónicamente, en ocasiones también en los de programación.

Así para mí la relación que tengo con esta chica ha tomado un valor especial, no porque ella sea especial de por sí, sino porque es a través de ella como me invito a estar expresamente atento a la realidad, intentando fijar mi objeto de deseo en la misma. No proyectando lo que quiero hacer ni imaginándome lo que desearía, sino deseando en el momento presente todo aquello que pueda ocurrir. Es especialmente bello ver cómo, en la medida que trabajamos este hecho, las relaciones crecen, tanto.

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