Un día de pequeño tuve un gorrión,
pero el pobre no volaba.

Era un gorrión sin alas, un pájaro sin aleteo
carente de la libertad que otorgan
los vientos del norte cuando soplan
y suavemente carician las plumas,
propagando un gentil escalofrío.

Yo le cuidaba para que creciera,
pero no crecía.
No crecía y no crecía,
Y en la ventana un día le postré,
y a los vientos abandoné.

Pero ese gorrión que antaño no volaba,
ese día voló,
con los vientos zarpó… y nunca más volvió.

J. G. Manzano 

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