La sensibilidad es aquella que da lugar a la poesía. Es aquella que da lugar al asombro, y también a la conmoción. Sin embargo, también es la que en muchas ocasiones nos da la capacidad de discernir entre aquello que nos violenta frente aquello que nos construye.

Tan sólo aquel que es capaz de asombrarse por el verde de un prado o por la magnitud de las montañas es a su vez hábil para reflejarlo en papel. Es común la discusión y el debate entre “lo” que hace a un buen poeta. Yo mismo defendí en su momento que el buen poeta nacía del dominio de la lengua y la agilidad mental, pero hoy me doy cuenta de que esos no son los factores que hacen al buen poeta. Es cierto que ayudan enormemente, pero no lo construyen, y si no mirad a Miguel Hernández, pastor entre escritores. No, al genio en tal arte lo hace la sensibilidad, el “poder sentirse pequeño o grande” frente a la realidad.

Asimismo, es muchas veces este mismo don el que nos es un gran compañero en el camino de la vida, pues ante la insatisfacción de circunstancias o actos nos empuja a preguntar, a dudar y a buscar una alternativa, un sendero que corresponda más a lo que más deseamos, o al menos a lo que deseamos.

Pero, ¿qué deseamos? ¿Cuál es el anhelo último? Y cuando lo sabemos, ¿por qué nos traicionamos constantemente en el camino a ello? ¿Por qué tropezamos con nuestros propios pies en el camino de la vida?

Me son inminentes las dos últimas preguntas, salen a flor de piel, pues ante mi enorme deseo, igualmente inminente, no puedo evitar estorbarme a mí mismo en su consecución, no puedo evitar traicionar mi deseo, manchándome cada día de nuevo, traicionándome por alternativas, a veces demasiado fugaces, vendiéndome por promesas que no cumplen, por actos vacíos.

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