Joder, hermano, Joder.

Cada vez soy más consciente de que vida sólo hay una. Cada vez soy más consciente de que hay elecciones que sólo podemos tomar una vez en la vida y, éstas, son elecciones que determinan el curso de la misma.

Una de estas elecciones se toma a la hora de decidir que vas a estudiar, al menos cuando perteneces a una clase social que no te permite cambiarte de carrera cada año, llegando así a los treinta y dos y siendo aun un universitario de tercer curso. Yo pertenezco a una familia que me permite estudiar aquello que yo desee, sea lo que sea, pero sólo una vez. No me dan la posibilidad de cambiar de opinión cada dos por tres, lo cual es lógico e incluso sabio. Sin embargo, esto lleva a grandes indecisiones.

Sólo ayer estaba ya decidido para hacer cocina, pero de nuevo, hoy, estoy indeciso. De hecho, siendo sincero conmigo mismo, creo que nunca he estado decidido. La duda siempre me ha carcomido por dentro, royendo el interior de mi cabeza y arrebatándome el descanso. Es como si en el fondo no quisiera hacer cocina. Yo quiero… pero no quiero. Ahora bien, esta paradoja sí tiene explicación.

Ésta no sé si es difícil de entender, pero la única razón por la que no quiero renunciar a la ingeniería es por el deseo de conocer. ¡Coño! A mi parecer la cocina se me queda pequeña. Por muchos metros que tenga la cocina, por muchos cuchillos que alberguen los cajones o por muchos fuegos que tenga la vitrocerámica, ninguno colma mis ganas de entender, mi curiosidad, mi deseo de inferir el mundo, de asimilar, oír, ver, coger, deducir, percibir, descifrar, interpretar, pensar, opinar, juzgar, creer… o intuir. No es que la cocina no sea bella y tampoco es que me anule de la realidad, pero sí que desvía, en cierto modo, mi camino hacia un entendimiento de este mundo que me trajo y contiene.

Yo tengo ganas de saber por que  el mundo es mundo, de donde nace el calor o por qué éste se disipa. También tengo ganas de saber a donde llega nuestro saber, por qué nosotros somos y por qué el sol sale cada día. No es que cuando termine de cocinar no pueda irme a la biblioteca a mirarlo, o pueda debatir con mis amigos acerca de nosotros, pero presiento que la curiosidad no nace de la nada, de la misma manera que la inteligencia. Y ahora bien, si yo pienso acerca de mí, delibero, deduzco y sobrentiendo que si soy curioso, no es justo guardarme las preguntas y si soy inteligente, trabajar de peón, en el gran tablero de ajedrez que supone nuestro mundo.

Así  bien, ante la duda, ¿cuál es el criterio de elección? ¿Y ante el error?

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