¡Chicas regaliz! Aun me acuerdo de aquel día cuando veníamos de la Warner montados en tren y apareció. Una chica normal, no muy alta, ni muy baja, estatura media. Pelo negro como el carbón y un vestido más bien traslúcido, azul con pequeñas flores blancas que adornaban cada rincón. No era especialmente guapa ni especialmente fea. Era… una chica más, a lo mejor algo más pálida que el resto, pero una chica más. Y, sin embargo, estaba comiendo regaliz. Esto no sería algo importante hasta tiempo después, cuando todas las chicas que pudiera haber conocido y no conocí tomarían el nombre de “chicas regaliz”, apodo tomado de aquella chica, de piel blanca y pelo negro, que comía regaliz y que no saludé por vergüenza.

¡Chicas regaliz! No pasa un día sin que vea una joven por la calle, atractiva a primera vista, o interesante por algo que la he oído decir, y no pueda evitar dejarla escapar, caminar a un infinito al que una vez haya andado ya no podré recuperar.

Certeza o incertidumbre, azar o destino… en ocasiones pareciere que todos juntos comen regaliz en la misma mesa, pues es en el tren, mientras escucho ese viejo folklore irlandés que tanto me gusta, cuando, daga en mano y dientes afilados, me asalta la duda. La duda femenina, se podría decir. La duda sobre si realmente cada chica que veo por la calle pudiese ser especial, o realmente, entre tantos millones, sólo hay una. Azar o destino. Como pescador en el mar u hombre en ciudad, tiramos la caña a ver cual picara, y puede que pique y puede que no. Y puede que si pique sea o no sea… pero, de nuevo, ¿es parte de nuestra libertad o fragmento de destino?

Yo quiero pensar que el destino nos lo jugamos cada día, con cada acción, pero, vaya, entonces no sería destino, pues éste esta ya escrito. Quiero pensar que cuando me acobardo al querer saludar una chica que me ha dirigido la mirada, por casualidad o por deseo, he perdido una oportunidad de encontrar a la chica ideal, pero ¡Vaya! ¡De la misma manera que la gano cada vez que me acerco y la pregunto la hora o, sencillamente, me presento preguntándola su nombre y explicándola que no quiero que sea otra chica regaliz!

 Chicas… chicas regaliz.

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