Tan sólo era ayer a la hora de cenar cuando una mujer me dijo que las cosas ocurren con naturalidad. Eran cerca de las nueve de la noche y hacía fresco, parecido al frescor que deja la pasta de dientes con sabor a hiernabuena con los dientes recien lavados, vaya, un frío explosivo, de esos que te dejan el cuerpo que parece que tienes parkinson.

Estabamos hablando de mujeres, tema muy recurrente cuando apenas tienes dieciocho años y estás desesperado por encontrar a la mujer de tu vida, harto de ver tantas damas, y putas, pasar por delante tuya sin apenas inmutarse de tu presencia. Tanto hablábamos de mujeres que no pude evitar contarle lo que me ocurría. Sentía, y creo que aun sigo sintiendo, un frenesí imparable por encontrar una mujer que me diese un abrazo, una muestra de cariño y, qué coño, no sólo una muestra de cariño… una muestra de amor. Hay a quien le basta con el amor de su madre, o al menos eso piensa, pero a mi no. Es verdaderamente impresionante el deseo que puede albergar un hombre de ser querido, la necesidad de que le abracen, el anhelo de que le digan: “Te prefiero”. Sí, señor. Yo quiero sentirme preferido.

Y así, entre balbuceos y palabras mal usadas, no pude evitar contarle a a aquella mujer todos aquellas ideas, pensamientos y disparates que me perturbaban, imaginando que, durante al menos unos segundos, ella me revelaría el significado o me daría una solución… pero no. ¿O sí?

Me dijo que lo que tuviese que ocurrir, la chica que fuera mía, todo, ocurriría con naturalidad. Así. Sin más. Naturalmente…

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