Hay quien dijo “Álamos dorados”,
y pues yo digo “calles apocalípticas”,
de la ciudad ensamblantes,
de la pena conductoras.

Si bien ese hombre amaba el campo,
yo odio la ciudad,
si bien un pájaro canta,
un coche truena,
exhala
y destruye.

No me gusta un cielo
de aceite empapado,
no me conforta un árbol
con plomo sembrado.
Yo quiero mar,
yo quiero verde,
te quiero a ti.

En este mundo pocas cosas puedo cambiar,
y, sin embargo,
tú me puedes transformar.

El aire vuela,
la lluvia cae,
húmeda,
gentil
y veloz.

El sol alumbra,
y, sin embargo,
yo te espero aquí.

J. G. Manzano

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