Las once y diez, las tres y veinte,
te espero, tenso,
contrarrestado por el rozamiento de las clases,
aplastado por mi propio peso,
de nuevo contrarrestado: la normal.
Y pues dicen que el tiempo
transcurre igual para todos,
mas tú confirmas que no.
Si el espacio se contrae, no lo sé,
pero cuanto te veo, sí,
cuando te veo,
te acercas, muónicamente,
elongando cada segundo,
relativizando cada concepto antes asentado,
quimerizando todo prejuicio que pudiese tener.
¡Oh pequeña, joven estudiante,
del valle originaria!
¿Por qué atormentas
a este pobre soldaducho de hierro?
Y aun con un intento paraxial de mirarte,
intercambiamos fotones,
cálidos y efímeros cuantos de energía
que perforan,
descomponen,
y explotan en mi viejo y oxidado cuerpo,
liberando ingentes cantidades de energía.
Si tu supieses… si tu supieses cómo
vuelcas mi corazón,
antes inerte,
ahora en órbita torno a ti.
No existe velocidad tal que venza la de escape,
pues Newton no predijo tales fuerzas,
superiores al cosmos que alberga nuestra mente,
de naturaleza tan dual como la luz,
física y mental.
Y tan sólo por esto,
mis deseos se ven difractados,
en irme o no irme,
en verte o dejarte.
Hoy me haces daño, mañana me aceleras,
fundado en un conjunto de  atracciones y descargas.
Y, así, ciclotrónicamente, me alejas,
pero ya sabes que no existen los monopolos,
te necesito.

J. G. Manzano

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