Toca el timbre. Salimos. Volvemos a entrar,
y allí está ella. Allí está ella sentada,
sentada sobre su silla. Me mira y me saluda,
me saluda con una leve sonrisa.

Y aquel hombre, alto, con una profunda mirada,
comienza a hablar. Habla. Sigue hablando.
El tiempo pasa y no se calla.
La historia se forma en sus labios.

Mientras tanto, yo la miro. La vuelvo a mirar.
su pelo, suave y bien peinado, me fascina.
La acaricio sus lóbulos, lentamente,
en mi imaginación.

Entonces la pregunto por el hombre alto,
ella se gira, me sonríe y me contesta.
Sus palabras me sobrecogen, me rodean,
y aquel hombre me mira.

Hace que me levante y me marche a otra zona más alejada.
Mi vínculo con ella se rompe.
Mañana, la volveré a saludar.

J. G. Manzano

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